El faro del norte se apaga
La clasificación, como el algodón, no engaña. Si nos fijamos en la parte baja, allá donde la Primera pierde su nombre, se encuentran, agolpados en el furgón de cola y aturdidos, los tres equipos bañados por el mar Cantábrico: Athletic de Bilbao, Real Sociedad y Rácing de Santander.
Hace años, esta situación sorprendería por lo insólito de su significado (sobre todo en el caso de los conjuntos vascos). Hoy, sin embargo, no produce asombro en absoluto. La que fuese luz que guiara a las naves futbolísticas en España languidece sin remedio.

El caso del Athletic de Bilbao es quizás el más sintomático de que los tiempos están cambiando. Acuciado por las consecuencias de la ley Bosman, su particular idiosincrasia romántica, la falta de fertilidad de ese terruño llamado Lezama y la presencia en los mandos de la nave de disparatados y ególatras capitanes, apenas ciertos fogonazos alumbrados por la liturgia del público en la Catedral le han servido para continuar en Primera. Si antaño era vergel donde la selección española se nutría con sus frutos, el paisaje actual resulta desalentador. De la actual alineación del equipo bilbaíno no hay un jugador aprovechable salvo la mesura iluminadora de Orbaiz y los latigazos de genio incomprendido de Yeste. El resto, suelo yermo. Con huida en desbandada de los forajidos que fagocitaron el aura de su nombre, la presidenta Ana Urquijo tiene que apelar al santo San Mamés para seguir respirando aire de Primera. Si la filosofía deportiva no se toca, lo que habrá que modificar son las expectativas de la afición. No hay más cera que la que arde, y ésta apenas da para alumbrar una ermita perdida en los valles vizcaínos. Urge una aceptación de que la ascendencia del Athletic de Bilbao sobre el fútbol español es mínima por parte de un aficionado acostumbrado a pantagruélicas comidas dominicales.


Mientras tanto, en tierras santanderinas, el seguidor racinguista rumia un desastre anunciado tiempo atrás, símbolo de la pésima aplicación de la ley de las sociedades deportivas. El club ha pasado de mano en mano, como quien cambia cromos en el patio del colegio. Con experiencias traumáticas incluidas (multiusos Piterman), el gobierno cántabro terminó por hacerse con el timón de la quebradiza sociedad verdiblanca. A golpe de designio político, con espantás insólitas (López Caro dejó el cargo al poco de hacerse con él), el club santanderino se encomienda hoy a un santón gigantesco de nombre Nicolas Zigic, única alegría para una afición desconcertada. La dirección ejecutiva ha buscado un populismo más propio de urnas que no estadios, y ha obligado a cantabrizar la plantilla, proponiendo casi amor eterno a los Munitis, Colsa y Luis Fernández, entrados en años y con contratos muy largos en figuras y estancia. Dirigido desde los despachos de Madrid, el conjunto tratará de remar hacia la orilla, a la espera del mercado invernal, donde pescará a buen seguro en aguas sudamericanas, hipotecando al club para las generaciones venideras.
Teatro de sueños de fútbol, granero durante generaciones, el que fue faro que guió a los barcos del fútbol español a buen puerto, languidece su luz víctima de una época no apta para sueños románticos.